lunes, 11 de septiembre de 2017

Autonomías, independencias, separatismos: ¿y la unidad?




En estos días europeos me voy enterando de las novedades a nivel político, social y económico. Destaca una realidad: la tendencia a la separación y la fragmentación.
Más allá del conocido brexit de los ingleses ahora aparecen el referéndum para la independencia de Cataluña y para las autonomías de dos regiones en el norte de Italia. Cada pequeño grupo étnico o religioso reclama autonomía y/o independencia.
La unión europea parece ser muy frágil. Así el Mercosur en Latinoamérica.
Sin hablar de las crisis políticas internacionales que mentes enfermizas quieren resolver con dictaduras, amenazas y bombas.
Los intentos de construir unidad parecen fracasar. Hay una regresión a los nacionalismos, particularismos, sectarismos.
Obviamente no todo es negativo y los esfuerzos generaron realidades y sensibilidades positivas y constructivas.
Pero algo no funciona. ¿Qué es?
A mi parecer la clave está en comprender que la unidad no se construye, se descubre. Lo repito y reafirmo con determinación: la unidad no se construye, se descubre.
Los intentos de unión y unidad a nivel político, económico, religioso tienen un punto de partida equivocado: somos distintos y tenemos que construir la unidad.
Eso en general no funciona o simplemente aporta unos parches o apariencias de unidad. Parches y apariencias que se quiebran fácilmente como estamos viendo. Caemos con asombrosa facilidad en los dos extremos: un totalitarismo y uniformismo deshumanizantes o un individualismo y egoísmo esclavizantes.
El punto de partida tiene que ser otro: la unidad es lo que ya somos. No hay nada que construir, simple y maravillosamente hay que verlo. La construcción, el esfuerzo y el trabajo se darán en el ámbito de la manifestación, no de la esencia. Daremos visibilidad a lo que somos: en este sentido podemos hablar de construcción y esfuerzos hacia la unidad.
¿Qué es lo que está pasando?
Estamos viendo mal. Vemos separación donde no hay y queremos a toda costa unificar, como si el Universo estuviera hecho mal. Pretensión siempre absurda del egoísmo humano y de un antropocentrismo patológico. Esta pretensión está destinada al fracaso. Y apuramos los tiempos, apuramos los procesos.
Como dijo el sabio Lao-Tsé: “El Universo es sagrado. No lo puedes mejorar. Si intentas cambiarlo, lo estropearás. Si intentas asirlo, lo perderás.
Intentar mejorar algo perfecto es absurdo y conduce a estropearlo (¿no será que los desastres naturales actuales sean mensajes de un Universo que no quiere ser manipulado y estropeado?). En cambio ver la perfección conduce a la gratuidad, el agradecimiento y el compartir.

Hace unos años salió un librito del teólogo francés Christian Duquoc titulado “La sinfonía diferida”. El librito quería mostrar – en ámbito esencialmente religioso cristiano – que esta búsqueda de unidad entre las distintas confesiones cristianas es como una sinfonía diferida. Cada cual suena sus instrumentos buscando integrarse en una armonía sinfónica y universal. Pero esta sinfónica siempre nos supera y nos espera como utopía: apurar los tiempos lleva solo a desafinar.

Primer paso entonces: no apurar los tiempos. Todo tiene su ritmo y su proceso. Construir sobre fundamentos débiles e inestables es peligroso. Hay un refrán italiano que dice: “La gata apurada saca gatitos ciegos”.

Segundo paso: apuntar a lo esencial. Construir sobre fundamentos ilusorios o superficiales es perjudicial y una gasto inútil de energía. ¿Qué es lo esencial? Ver. Educarnos a ver y educar a ver es el primer e inevitable paso.
Cuando empezamos a ver la unidad y lo Uno que subyace a todo podemos trabajar para que esa misma unidad reluzca, aparezca, se visibilice.
Cuando veamos que no existen italianos, franceses, españoles, uruguayos, argentinos, venezolanos, estadounidense, coreanos, etc… sino que solo existe el ser humano ocurrirá el milagro: encontraremos la tensión justa entre el respeto de la identidad propia y el bien común. Encontraremos la manera correcta y ajustada de manifestar lo distinto a partir de la unidad que nos constituye.
Lo mismo que se afirma de las identidades nacionales lo podemos afirmar por cualquier otra realidad: religiosa, política, partidaria, cultural.

¿Qué es lo esencial que estamos llamados a ver?
¿Dónde radica la unidad y lo Uno?

Radica en el experiencia radical del ser: todo es y todos somos.
Todas las diferencias y distinciones surgen como expresión del Ser. Es el Ser – lo podemos llamar Dios, Vida, Conciencia – que toma formas distintas.
Ser nos define, desde siempre y para siempre: lo demás pasará. Es el “Yo Soy” del maestro Jesús (Jn 8, 58).
En términos cristianos San Pablo vio y vio bien:  “Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 28).

Si logramos ver que solo esta experiencia del Ser define nuestra auténtica identidad podremos empezar a construir la manifestación armónica de las distinciones.
Entonces, solo entonces, las distinciones y las diferencias aparecerán en toda su belleza e importancia. Las veremos por lo que son: expresión original y maravillosa del Amor Uno.
Las que equivocadamente definimos como “identidades” (nación, religión, género, cultura…) en realidad son identidades derivadas y secundarias: expresiones pasajeras y parciales de la única, real y común identidad.
Única, real y común identidad que podemos llamar (el lenguaje siempre queda sumamente corto) de distintas maneras según las culturas y las épocas: Dios, Vida, Amor, Conciencia, Espíritu, Nada, Vacío, Plenitud…
A mi me fascina usar el termino Vida: somos Vida expresándose por un momento en una forma particular (nuestra identidad derivada y secundaria).

Todavía cuesta mucho, muchísimo esta visión. Por eso los intentos de unidad son frágiles y fracasan.
Por eso hay que darse tiempo y dar tiempo para aprender a ver. Apurar visiones es contraproducente.
En positivo hay que decir que sin duda en nuestro mundo son siempre más las personas y los grupos que se están abriendo a lo esencial del ver.
En distintos campos surge imparable la visión: ciencia, espiritualidad, ecología, arte. Cuesta más en la política y lo económico que más fuertemente atrapan a nuestro ego por su relación con el poder.

En nuestras manos está la posibilidad de poner las herramientas para el aprendizaje: silencio, humildad, apertura, dialogo.
No hay recetas mágicas. Hay caminos a recorrer con paciencia y perseverancia. Aprendiendo el arte de ver y disfrutando de la gratuidad de ser.



martes, 5 de septiembre de 2017

Las montañas y la luna




Las montañas y la luna son grandes maestros espirituales. Hay muchos maestros en la naturaleza y en lo que diariamente nos rodea. Mucho más de lo que imaginamos. En realidad todo y todos pueden ser nuestros maestros espirituales. Basta escucharlos y observarlos. Todo es una expresión única y exquisita de la divinidad: de eso deriva que todo puede convertirse en maestro, amigo, acompañante. Depende: depende de la historia y la sensibilidad de cada uno. También depende del momento. Lo importante es no perder la oportunidad de aprender y disfrutar.

Jesús aprendió de la semilla de mostaza, de los niños, de las mujeres, de los pájaros, los campos, el sol, el agua. Y más.
Humilde e interesante el Maestro Jesús.

En estos días de descanso entre las montañas pude disfrutar más de su sabiduría y enseñanzas. Junto a la luna. Aparece con más alegría la luna cerca de las montañas.
Parece que se buscan recíprocamente. La luna ilumina suavemente las montañas y nos revela sus contornos y siluetas. Las montañas dibujan el paisaje para que la tenue luz lunar no pase demasiado desapercibida. Es un juego entre dos humildades. Cada cual – montañas y luna – se preocupan para que el otro brille.
¡Una primera gran enseñanza que nos regalan! Vivir para que el otro brille… vivir para que la belleza y la bondad se manifiesten, se sugieran.

La montaña además nos enseña la importancia de la estabilidad y el tener raíces.
Siempre estable la montaña: entera, digna. Diríamos que tiene muy buena autoestima. Siempre estable y firme: lluvias, tormentas y vientos no la afectan en lo esencial. Podemos aprender de la montaña a vivirnos desde nuestro centro, a no dejarnos zarandear por nuestro mundo afectivo y emotivo. Hunde sus raíces en el corazón de la tierra la montaña. ¿Dónde tenemos puestas las nuestras? Enraizados en el puro Ser encontraremos estabilidad y firmeza.

La luna brilla pero no tiene luz propia. Refleja la luz del sol. Tan humilde y tan sencilla hermana luna. Por eso la iglesia la tomó también como modelo de su vida y su misión: la iglesia no brilla de luz propia, refleja la luz de Cristo.
La noche se hace más llevadera con la luz de la luna. Esa luz reflejada ahuyenta los miedos, nos cobija y hasta nos permite ver de vez en cuando.
Nos indica el sol la luna. Nos remite al sol. Como Juan Bautista nos indicaba al Maestro.
Somos simples reflejos de la única luz. La luna nos recuerda esta gran verdad. Pero también nos dice que recibimos nuestra identidad del sol.

Nuestra vocación y nuestra misión se resumen así: reflejar por un momento lo que en realidad somos: Luz.
Somos luz y reflejo a la vez.
Somos luz eterna que en nuestra existencia histórica se convierte en reflejo.
Vivirse desde esta conciencia nos convierte en montaña y en luna: estables y humildes. Firmes y tiernos. Qué curioso: propio como Jesús.

Termino agradeciendo con un haiku:

Deliciosa luna
sugiriendo contornos.
Somos amigos.





viernes, 1 de septiembre de 2017

Horror a las verdades


Tengo horror de todas las verdades absolutas, de sus aplicaciones totales, de sus supuestos detentores de todas razas. Tomen una verdad, llévenla con cuidado a la altura humana, miren a quien golpea, a quien mata, lo que ahorra, lo que elimina, huélanla mucho, asegúrense que no hieda a cadáver, pruébenla manteniéndola un poco sobre la lengua, pero estén prontos a escupirla inmediatamente.
El hombre libre es esto: el derecho de escupir.
Albert Camus

Desde Italia vuelvo a publicar en nuestro blog: una flauta no puede quedar mucho tiempo sin uso. Se oxidaría. Así un escritor o un poeta.
La llaman “vacaciones”: en realidad es un cambio de aire, un cambio de lugar físico. La realidad es que estamos siempre en casa ya que nuestra casa es el momento presente y la vida no conoce vacaciones: la vida es vida. Simplemente tiene sus ritmos y melodías distintas. Los humanos inventamos “vacaciones” porque no sabemos vivir.
En fin: sigo atento a la vida. Asombrado, enamorado y agradecido.
Y la vida me puso delante este texto de Albert Camus que voy a comentar brevemente. Ya citamos a Camus en nuestro blog: novelista francés nacido en Argelia (1913-1960). Un ser humano auténtico, libre, atento al sufrimiento de la humanidad.

Camus nos invita a evaluar nuestras supuestas verdades justamente con la vida. Lo que Camus llama “verdades absolutas” son las famosas creencias.
Verdades absolutas o creencias establecen la terrible conexión entre pensamiento y verdad: otorgamos a un pensamiento, una opinión o una idea el estatus de verdad. Desde ahí toda aberración es posible como demuestra y está demostrando la historia de la humanidad.
Como dice André Maurois: “Solo hay una verdad absoluta: que la verdad es relativa”.
Las creencias afectan a todo ser humano. Es difícil liberarse de las creencias, porque ellas construyen nuestra realidad y con ella nuestro sentido de identidad. Como afirma Richard Bandler: “Tus creencias no están hechas de realidades. Es tu realidad que está hecha de creencias.
Tal vez el primer paso es observarlas y reconocerlas.

La Verdad que tanto los humanos buscamos y por la cual estamos dispuestos a matar y generar el sufrimiento del otro es inaprensible e indecible.
¿Cómo podemos ser tan arrogantes de afirmar que un pensamiento o una opinión que surge de una mente humana limitada y condicionada puede ser una verdad absoluta, valida para todos y para siempre?
Las creencias pueden servirnos como pistas y orientación en la vida. A veces las necesitamos para movernos en el mundo.
Las creencias son validas y oportunas cuando surgen desde nuestro ser esencial. Ser esencial que está más allá de la mente.

La prueba de su conexión con el ser esencial es bastante simple. La podemos evaluar con tres criterios:
1)   Alegría y paz. Una creencia que surge desde el ser siempre generará alegría y paz en uno mismo y en su entorno.
2)   Amor. Una creencia que surge desde el ser siempre generará un crecimiento en el amor. Hacia uno mismo y hacia los demás.

3)   Respeto radical del otro. Una creencia que surge desde el ser siempre respetará las creencias del otro. Y siempre aceptará al otro a pesar de rechazar sus creencias.

Resumiendo: las creencias que surgen desde nuestro ser esencial me hacen más humano y humanizan a mi entorno.

Cuando esto no se da tengo el derecho de escupir: mis propias creencias y las de los demás.

domingo, 20 de agosto de 2017

Mateo 15, 21-28


El texto de hoy nos 
presenta uno de los mayores problemas de las primeras comunidades cristianas: la relación entre los cristianos que venían del judaísmo y los paganos, es decir, los que no eran judíos y se convertían a Cristo.

La que hoy nos parece una cuestión de poca importancia en el tiempo en el cual Mateo escribe era un tema central y causa de no pocos conflictos: ¿los paganos que se convertían a Cristo tenían que pasar por el judaísmo?
El relato es un reflejo de esta cuestión y la búsqueda de una salida.
El texto también toca de reflejo uno de los grandes temas del cristianismo: la universalidad. Los expertos encuentran en este texto una de las anclas para afirmar la universalidad del mensaje evangélico.
Probablemente refleja de igual manera el camino de compresión que el mismo Jesús tuvo que vivir. Como todo ser humano la comprensión de su vocación y misión fue creciendo hasta llegar a la conclusión de todos los sabios: todos somos uno. Particular y universal son las dos caras de lo mismo.

La Unidad se expresa en lo particular e individual. Lo particular e individual encuentran su sentido y valor en la Unidad.
Es el camino holístico que la humanidad está dando y que no tiene vuelta atrás porque es un escalón en la evolución de la conciencia.

La visión holística o integral afirma la relación dinámica y constitutiva de la parte con el todo: cada parte aunque tenga valor en sí misma solo tiene sentido en su relación a la totalidad.
Es sumamente interesante notar como Jesús y en general todos los maestros y sabios de todas las tradiciones espirituales llegaron a la misma conclusión a través del camino espiritual y de la práctica del amor.

Lo sabemos bien – y cada madre lo puede atestiguar – : el amor autentico es siempre particular y universal. Cada madre ama a cada hijo como si fuera el único y al mismo tiempo ama a todos sus hijos. Por eso tal vez el Amor que es Dios encuentra en la experiencia humana de la maternidad uno de sus más hermosos reflejos.

Volviendo a nuestro texto evangélico: Mateo comprende que Jesús rompe esquemas y barreras. Su mensaje de liberación es particular y universal: para mí, para vos, para todos. El mismo mensaje es particular y universal: no se impone. Se vive y – cuando es necesario – se propone.

Solo se nos exige una condición: la fe.
Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!. Y en ese momento su hija quedó curada.” (Mt 15, 28).
La fe como confianza. La mujer cananea no “tiene fe” porque cree en algo que no entiende o no ve. Tiene fe porque confia. Dice que “si” a la vida. Logra ver en Jesús el Misterio de lo real: la Unidad.
Y cuando uno empieza a ver lo Uno por encima de las diferencias se va curando y va curando al mundo.
La Unidad sana: siempre. Porque la Unidad es lo que somos.




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