domingo, 13 de agosto de 2017

Mateo 14, 22-33



El texto de hoy es una maravillosa catequesis que Mateo regala a su comunidad y a nosotros hoy. No podemos leerlo en su sentido literal como si Mateo nos contara un acontecimiento histórico. Si en cambio nos acercamos al texto desde la intención del autor y desde el símbolo y la metáfora el mismo texto adquiere una profundidad insospechada. Y alimenta nuestro caminar.

El eje de la catequesis de Mateo lo podríamos formular con un par de preguntas: ¿confianza o miedo? ¿amor o miedo?
Lo opuesto al amor es el miedo, no el odio” sugiere Yoko Ono, la segunda esposa de John Lennon y artista japonesa.
Y el educador brasilero Paulo Freire afirma también:
El contrario del amor no es, como muchas veces o casi siempre se piensa, el odio, sino el miedo de amar, y el miedo de amar es miedo de ser libre”.

El evangelio parece ir en la misma línea.
La barca de los discípulos es sacudida por olas y viento, así como nuestras existencias son sacudidas por temores, miedos, dificultades: a menudo “fantasmas”.
La gran mayoría de nuestros miedos y temores son infundados, imaginarios. Surgen justamente del miedo: el miedo genera fantasmas y los fantasmas ahondan los miedos. Es un circulo vicioso del cual es difícil salir. Hasta que nos instalamos en nuestra verdadera identidad: el amor.
Amor y miedo no pueden coexistir. Es la experiencia y el testimonio de los sabios de todos los tiempos y de todas las tradiciones espirituales.
Sería conveniente escucharlos y confiar en su experiencia.

Lo esencial entonces es conectar con nuestra identidad. Cuando Jesús aparece – continua Mateo su metáfora – todo vuelve a la calma. Calma y amor van de la mano. “Dios es calma”: para mi una de las “definiciones” más hermosas de la divinidad.
Jesús representa y revela nuestra más honda identidad: lo que Jesús es todos lo somos. Hijos amados, expresiones originales del único Amor.
En el fondo solo existe el Amor y tu eres – cada uno es – una expresión exquisita y original de lo Uno y Único.
Cuando descubrimos y conectamos con nuestra identidad eterna – el “Yo Soy” de Jesús – los miedos desaparecen, todo vuelve a la calma, todo se armoniza.

¿Cuales son los caminos para este descubrimiento y esta conexión?
Mateo sigue dándonos pistas: la confianza y el silencio.
Confianza y silencio nos llevan de la mano hacia nuestro ser más profundo.
Jesús invita al asustado Pedro a confiar. La fe es esencialmente confianza. La fe tiene poco o nada que ver con creencias: asentir mentalmente a “verdades” a las cuales la razón no llega a comprender. En el sentido más hondamente evangélico “fe es confiar”. Confío: la vida es radicalmente buena. Todo está bien.
Como decía Santa Juliana de Norwich: “todo está bien, todo estará bien y cada cosa estará bien”. O en una frase atribuida a John Lennon: “todo al final estará bien, y si no está bien, no es el final”.
Y Mateo nos advierte de una práctica constante que Jesús hacía: “subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo” (Mt 14, 23).
Soledad y silencio marcan la vida del Maestro.
¿y la nuestra?

Termino con un hermoso cuento:
-        “¿Qué es el amor?”, preguntó el discípulo.
-        “La ausencia total de miedo” dijo el maestro.
-        “Y qué es a lo que tenemos miedo?

-        “Al amor”, respondió el maestro.


viernes, 11 de agosto de 2017

Me palpita el Ser



Me palpita el Ser
cuando silencioso me escucho.
Frágil percepción que se esfuma                                                                     
en este instante.

Oh hombre egoísta:
¡No se puede retener el ser!
Demasiado libre para tus deseos.

No se puede aferrar el soplo humilde
y sereno del ser.
Solo se puedo serlo, juntos.

De la mano como dos enamorados.
Y mirarlo de vez en cuando
para contemplar la esquiva belleza.

Tercas ideas se quieren apropiar
de lo inapropiable.
Y seguís ciego viendo solo el sol.
¿Qué es el sol sin luna?

No hay desierto sin agua,
ni montaña sin valle.

Y otra vez: solo la muerte serena y quieta
te conduce feliz donde sopla el Ser.
En silencio escucho. Y respiro.
No hay distancias ni tiempos.

¡Mundo ruidoso que sin parar te mueves!
¿No aprendiste todavía que la casa del Ser es el silencio?
Y el silencio me escucha y me comprende.
En el silencio estoy en casa, deseado hogar.

Tiendo la mano en esta casa de paz
intentando una vez más aferrar el ser.
Y el soplo inaferrable del ser
me susurra con un guiño:

¿El silencio te respira o respiras el silencio?



domingo, 6 de agosto de 2017

Mateo 17, 1-9




La liturgia de hoy nos regala un texto fascinante y rico en símbolos: la transfiguración de Jesús.
Mateo construye hábilmente el relato haciendo referencia al capitulo 24 del libro del Éxodo donde se narra la teofanía del Sinaí. Los paralelos son evidentes: Mateo quiere mostrarnos que Jesús es el nuevo Moisés.
Los símbolos y las metáforas del relato son muchas y hablan por sí solas: la luz, el blanco, la voz de cielo, las carpas, la presencia de los profetas y los íntimos de Jesús.

A partir de todo esto y yendo más allá, ¿qué nos quiere decir y comunicar el relato de la transfiguración?
La palabra misma – transfiguración – resuena en el corazón humano sugiriendo hermosas realidades y valores: la transparencia, la coherencia, la belleza, la paz, la luminosidad.

¿Por qué Jesús es una persona transfigurada?
En otras palabras: ¿por qué Jesús era transparente, coherente, bello, pacifico y luminoso?
La respuesta es tan sencilla como revolucionaria. Tan simple como profunda.
Jesús era plenamente humano. Como sintetizó maravillosamente Leonardo Boff: “Tan humano, solo Dios”. Traduciendo: solo un Dios podría ser tan plenamente y bellamente humano.
Estamos en el centro y la clave del cambio de paradigma que se está dando en la conciencia humana y que los cristianos tenemos concentrado en el Misterio de la Encarnación: Jesucristo es plenamente y totalmente humano y divino.

El paso decisivo que nos exige este cambio de paradigma es comprender que la realidad entera, el Universo entero, es también así. La realidad – como siempre la iglesia supo y la Escritura anuncia – es cristiforme. Dios creó en Cristo, con Cristo, por Cristo nos dice la Palabra en varios lugares.
Todo tiene forma de Cristo. Es decir: todo es divino-humano.
No hay separación entre humanidad y divinidad. Lo que Jesús es y descubrió en su vida, todos lo somos y todo lo es.
Esto parece – y es – tan increíble y maravilloso que nos cuesta creerlo y aceptarlo. Por eso en la vida de la iglesia y de los cristianos entró el virus de la separación y hemos aislado al Maestro de Nazaret en un nicho inalcanzable. A partir de ahí entró también la creencia en una divinidad separada. Nos percibimos separados de Dios, entre nosotros, con la creación. La realidad es que no hay separación y – dicho al pasar –, la física cuántica confirma admirablemente todo eso: solo hay luz (el símbolo central de la transfiguración… ¿será casualidad?), solo energía, solo vacío. Luz, energía y vacío que se condensan y toman formas: todo lo que vemos y experimentamos.

Todo esto ¿qué significa para nuestro diario vivir?
En palabras de Willigis Jäger: “No es nuestra vida la que vivimos, es la vida de Dios”.
Es lo que todos los místicos de todas las tradiciones espirituales vivieron y anunciaron. Los cristianos hemos perdido el camino místico y nos hemos enfrascado en el callejón sin salida del rito y la moral. Es hora de volver a Casa. Volviendo a Casa recuperaremos también un rito y una moral humanizantes.
La transfiguración – y Jesús transfigurado – sugieren entonces que el camino para encontrarse con Dios y transparentarlo es el camino de nuestra plena humanización.
Podríamos resumirlo con otra frase: “Cuanto más humanos, más divinos”.
Viviendo nuestra humanidad y desarrollando las potencialidades y dones de cada uno descubriremos ahí mismo el rostro resplandeciente de lo divino.

Y parte esencial de nuestra humanidad es lo que llamamos “trascendencia”: no somos los dueños del Ser, somos sus guardianes.
Guardianes del ser”: hermosa expresión que el filósofo alemán Martin Heidegger reservaba a filósofos y poetas, pero que podemos aplicar a cada persona en sincera búsqueda de su verdadera identidad.

La trascendencia indica que hay siempre algo más, que somos siempre algo más. Que somos, justamente, un don. El ser nos es regalado.
Vivir a pleno nuestra humanidad es también – y sobretodo – descubrir eso: el don del ser. Don del ser: siempre nuevo, siempre más de lo que suponemos o imaginamos.
Descubierto el don será más espontanea y liberadora la vivencia de los valores que nos hacen plenamente humanos: solidaridad, justicia, fraternidad, compasión, amor.

En etapas y momentos de la vida tendremos que empezar a buscar el “don del ser” a partir del esfuerzo por vivir estos mismos valores humanos.
Pero una vez descubierto la vida se trasformará en una fiesta y una danza. La danza del Ser que baila en nosotros.







jueves, 3 de agosto de 2017

Cegueras y dictaduras




Quisiera dar otro pequeño aporte en referencia a la situación de Venezuela con todo lo que se refleja a nivel internacional y en nuestro país.
Escribo a partir de lo que sé y veo: perspectiva siempre parcial, soy consciente. Pero, en fin, a veces el silencio te exige hablar. A mi pesar, lo confieso.

Escribo desde el silencio. Meditar me aportó una profunda libertad. No tengo nada ni nadie que defender. Tampoco a Dios y la verdad: “se defienden solos” como ya dijo San Agustín hace unos cuantos siglos. Hablo desde la luz del corazón.
Por eso mi postura es a-política y a-religiosa. Quiere ser una postura simplemente humana. “Ser simplemente humanos” alcanzaría para una humanidad fraterna, justa y solidaria.

Venezuela está actualmente en estado de dictadura: lo que para muchos es obvio, para otros no lo es. Parece absurdo, por lo menos a mi.
Ya desde la época del finado Chávez me olía a dictadura. No se precisa ser genios políticos para darse cuenta. Y no estoy hablando de izquierda o de derecha: no me interesa. Una dictadura es dictadura de cualquier parte venga.

¿Cómo puede haber personas que no logran verlo?
El tema es que la ideología ciega. Y ciega feo, muy feo. No hay colirio que sirva.
Una dictadura de cualquier tipo empieza cuando no se puede expresar libremente lo que se piensa o lo que se siente. Y esto ya se veía en la época del comandante, para quedar en Venezuela.
Me viene a la mente lo que sostenía Voltaire: “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Y Voltaire tenía ideas claras.

Las dictaduras son muy hábiles en disfrazarse y en general los regímenes totalitarios de izquierda entran en un burdo populismo y compran literalmente a los pobres por dos paredes y una olla. Las dictaduras de derechas compran a todos con la ilusión que el mercado otorgue la felicidad. En fin: compran y oprimen, seducidas como una fiera hambrienta por el olor a sangre del dinero y el poder.

Cuando estuve en Venezuela hace unos años me asombró leer por todas partes “gobierno del pueblo”: en todos los sectores de lo publico. En realidad lo que veía con mis ojos y escuchaba de la gente sencilla era otra cosa.
Y quien sabe por qué a la rendición de cuenta los pobres quedan pobres y los ricos quedan ricos. La historia además nos regaló “perlas” que olvidamos: dictadores de izquierda que después de su caída descubrimos con más riqueza que los opresores capitalistas (me recuerdo uno en especial: el dictador rumano Ceaucescu).

¿Se puede ser más hipócritas?
En el caso de Maduro y su cúpula, como en el caso de todos los dictadores nos podríamos simpáticamente preguntar: “¿es?” o “¿se hace?
Y cada cual puede agregar los adjetivos que más les gustan: ¿es revolucionario bolivariano? o ¿se hace el revolucionario bolivariano?, ¿Está ciego? o ¿se hace el ciego? ¿Es comunista? o ¿se hace el comunista?
En el caso de Maduro y su régimen me parece que no quepa mucha duda: se hace.
Demasiado dinero y poder hay en juego: no importan los millones de venezolanos que sufren y pasan hambre. Ellos seguirán chupando whisky importado en sus comunistas despachos. Es la ceguera del egoísmo más terrible.

Pero hay otra ceguera como dijimos: la ideológica.
Leo con asombro comentarios de gente que todavía cree en esta manera de ser revolucionarios, de ser socialistas. Gente que sigue creyendo en un chavismo que llevó al hermoso país caribeño al colapso.

¿Cómo puede ser?
La ceguera ideológica es así. Ciega completamente.
No se logra ver a un ser humano, simple y terriblemente vemos a una idea. Nuestra idea y la del otro. Y por esa idea somos capaces de los más atroces crímenes y atropellos.

Una luz la tomamos del evangelio. Me parece importante. A veces sectores de la iglesia tomaron o toman el evangelio como referencia y fundamento de un populismo socialista. A mi, en realidad, me parece evidente: Jesús no fue populista. Porque Jesús antes que nada veía a las personas y sus sufrimientos, no a las ideas. Ni suyas, ni de la gente.
Jesús sanaba y mandaba a vivir dignamente: “levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” le dijo al paralitico (Mc 2, 11) y “Yo tampoco te condeno. Vete, no peques más en adelante” dijo a la prostituta perdonada.
Vete”: no seas dependiente. Las dictaduras y los populismos crean dependencias. Siempre. Jesús liberaba a la gente y los liberaba porque los conectaba con lo mejor que tenían y con su auténtica identidad: el amor.
También como iglesia hemos creado dependencias y hasta “casi dictaduras” morales y espirituales. Estamos comprendiendo que no es el camino, que no es el evangelio.

Hablando de iglesia me asombra la postura tibia del Papa Francisco en referencia a la dictadura venezolana. No comparto esta falta de claridad. Lo mejor que puedo suponer es que no fue clara la condena por temor a la represalia contra la iglesia y los cristianos venezolanos. Pero cuando hay dolor inocente, cuando hay represión no podemos dar lugar al miedo. El miedo nunca es buen consejero. Mejor morir de pie. “El hombre no vive solamente de pan” (Mt 4, 4) y si no puedo escribir poesia mejor morir de hambre.

Y no comparto tampoco la falta de toma de posición del gobierno uruguayo: ¿qué esperamos para condenar una dictadura? ¿Qué el 85% de los venezolanos se mueran o vayan a la cárcel?
Sospecho que algo hay detrás de esta falta de una postura definida. Algo se está moviendo parece: un poco tarde…
Escuché además unas declaraciones del Pit Cnt que me dejaron alucinado: avalando el fraude constituyente de Venezuela e intentando defender lo indefendible. Sospecho que unos cuantos barriles de crudo estarán viajando hacia Uruguay: de otra manera no me lo explico. Lamentablemente los sindicatos y gremios – muchas veces – viven de ideologías, se convierten en ciegos y alimentas cegueras. O, usando a los trabajadores, viven de la corrupción.
¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo?” (Lc 6, 39). Preguntas del evangelio que siempre cuestionan.

Jesús conocía bien el corazón humano y por eso nos advierte a menudo sobre los efectos terribles de las cegueras del egoísmo y de las ideologías.

¿Cuál el camino? ¿Dónde buscar una salida?
Dijimos que no hay colirio para estas cegueras.
El camino a mi entender es el mismo de Jesús y pasa por dos senderos paralelos y convergentes: la responsabilidad personal y el asumir la ceguera.
No puedo hacer nada para que el otro vea, pero puedo intentar ver yo.
Crecer en conciencia y lucidez depende de mi, como también poner los medios para hacerlo. Si el mundo está ciego, yo quiero ver. Yo puedo ver. Es lo que hicieron todos los grandes maestros espirituales de la humanidad: en lugar de quejarse por la falta de luz, fueron ellos mismos luz. En lugar de quejarse por la ceguera se esforzaron por ver.
Asumir la ceguera va de la mano con el esfuerzo por ver. Antes que nada hay que asumir la propia ceguera. Reconocerla, verla… por cuan paradójico pueda parecer: ¡Ver la propia ceguera! Cuando empezamos a verla estamos en el buen camino para una visión más correcta y verdadera de la realidad. Es un camino constante, un constante recomenzar. Lo noto en mí mismo: la tendencia a apropiarnos de una idea y volvernos intolerantes o hasta fanáticos está siempre ahí. Por eso el ejercicio perseverante del silencio. El silencio es el maestro del ver. Porque el silencio muestras inexorablemente las trampas del egoísmo y las ideologías. Frente al silencio la mente no nos puede engañar… pero hay que volver ahí, una y otra vez.

Y a veces es necesario denunciar. Como hice hoy. No tanto para cambiar. La denuncia no es un colirio: a los dictadores poco les importan las denuncian. Y el régimen de Maduro no es una excepción como estamos viendo. La denuncia hace bien a quien la hace, porque ayuda a despertar, ayuda a ver. Sobretodo si surge del silencio y si duele.
Porque duelen las dictaduras. Duelen porque muchos sufren sin necesidad. Porque muchos no pueden desarrollarse como seres humanos.
Y el dolor es útil y a veces necesario: justamente para salir de la ceguera. Si no aprendemos del silencio y del discernimiento, los seres humanos aprendemos del dolor y con dolor. Es lo que probablemente le espera a la dictadura de Venezuela.

Desde mi silencio que se hace denuncia no dejo de ver la belleza y la poesía de este mundo. Y desde mi silencio que se hace denuncia comparto el dolor actual del pueblo de Venezuela y el dolor que vendrá para la dictadura. La última esperemos.






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