miércoles, 17 de enero de 2018

De visita al Monasterio



Estuve de visita en mi monasterio interior.
Es el lugar más íntimo de mí mismo,
un lugar que no está en ninguna parte y en todas.
Me encuentro en una profunda paz en el monasterio interior.
Reina un absoluto silencio,
interrumpido de vez en cuando y por breves instantes,
por susurros, notas y cantos.
Es un monasterio sin paredes pero igualmente inexpugnable,
fortaleza de diamantes.
Es un lugar sobrio y sencillo
y, al mismo tiempo, cálido y lleno de color.
Todo ser viviente habita ahí
y, de repente, estoy solo con la misma soledad.
Es mi lugar de descanso y oración.
Desde ahí también trabajo, me muevo, respiro.
En mi monasterio interior hay un solo aliento
y un solo respirar, aunque a veces,
se perciben dos.
Es un lugar siempre verde y fresco,
como pasturas de montaña.
Infinitas flores los habitan
y me alegran con sus colores y perfumes.
Reina el silencio en el monasterio interior,
una paz profunda y una serena alegría.
Y ocurre, de vez en cuando, que en este silencio me pierdo dulcemente.
Entonces recorriendo los silenciosos pasillos del monasterio
nos encontramos con el silencio y nos preguntamos:
“¿Quién eres?”, “¿soy yo o eres tu?”
Nadie responde y en el fondo es la mejor y única respuesta.


jueves, 11 de enero de 2018

¿El futuro del mundo? El monasterio interior.



Arde el mundo en la búsqueda de la verdadera paz y de la alegría. Gente corriendo por la rutas de la vida, persiguiendo frágiles sueños. Todo se mueve y no se sabe por qué y hacia donde. La frustración y el cansancio nos ganan.
Pero hay otros y consoladores signos.
Hay signos, poderosos signos, de luz y novedad. Signos que revelan nuestra Casa de origen. La Casa del Silencio y del Amor. La Casa del Ser.
En nuestro contradictorio y herido mundo se entrelazan y acompañan los signos y los anhelos.

El sin sentido, la desesperación, la pobreza, la violencia, el egoísmo, el consumismo van de la mano – conviviendo (a veces pacíficamente y otras en conflicto) – con la solidaridad, la ecología, la defensa de los pobres, el progreso de la ciencia, las esperanzas y los sueños de un mundo unido y fraterno.

¿Adonde va nuestro mundo? ¿Cuál futuro espera a nuestros descendientes?
¿Podemos aportar algo que marque un hito?

Sin duda la humanidad evoluciona. Evoluciona desde muchos campos y la historia – nuestra humana historia teñida de sangre – está ahí, evidenciándolo.
Crecimos en la comprensión del valor del ser humano y de la vida en general. Crecimos en la tolerancia y en el respeto al diferente de cualquier clase. Los avances de la ciencia y la medicina son extraordinarios.
Crecimos en la conciencia de nuestra raíz espiritual y divina.

Todavía falta, lo sé. Siguen presente en nuestro mundo tanto egoísmo y tanto dolor inútil y evitable. Pero el salto de conciencia en realidad está siempre ahí, al alcance de la mano, porque la conciencia no conoce de tiempo y espacio.

Los grandes espíritus siempre lo supieron: Francisco de Asís había visto – hace 800 años – que la hermandad define el Universo.
Gandhi había visto y vivido que la clave de la convivencia era el respeto y la no violencia.
Y muchos antes, Buda, Confucio, Lao Tse, Jesús, habían experimentado y compartido con sus contemporáneos que la salida del sufrimiento y la vivencia de la plenitud radicaba (y radica) en el amor.
Muchos, muchísimos, estamos de acuerdo con estos descubrimientos e invitaciones de estos grandes espíritus. Tal vez la mayoría de la raza humana, con sus distintas culturas, aprueba y comparte esta visión.

¿Por qué entonces nos cuesta tanto vivirlas, practicarlas, compartirlas?

El desafío se vislumbra en el mismo proceso evolutivo de la humanidad. El amor que nuestros pensamientos y sentimientos aprueban y anhelan, es todavía vivido como algo exterior. No caemos en la cuenta que el amor es, en definitiva, lo que somos.
Es un problema antropológico/espiritual, un problema de identidad.
Perdidos en el pensamiento y zarandeados continuamente por sentimientos y emociones andamos angustiados por el mundo anhelando migas del mismísimo Amor que nos define, nos sostiene, nos crea, nos alimenta.

Nuestro mundo necesita identidad. Necesita descubrirse. La humanidad necesita descubrirse. Apenas hemos entrado en una veta cuya profundidad desconocemos.

Todas las demás “identidades” por cuanto psicológicamente y socialmente sean importantes, son secundarias y relativas: varón, mujer, rico, pobre, europeo, americano o asiático, campesino o doctor, creyente o ateo, de tal o cual apellido.
“Identidades” relativas a nuestra experiencia humana y terrestre, pero “identidades” que se diluirán para dejar lugar a la sola, única y auténtica identidad: el Amor.

El desafío, el único desafío verdaderamente importante es entonces el desafío que nos conduce a descubrirnos amor, amados, amantes.
Hay un camino privilegiado. Un camino directo, una autopista. Un camino que muchas personas “logradas” recorrieron y señalaron.
Es el camino del silencio.

¿Por qué tan esencial y tan directo este camino?

En la experiencia cristiana – por citar una sin desmerecer a las demás que tanto tienen para enseñarnos en este camino – tenemos la gran tradición de los monasterios.
Los monasterios eran y son, lugares de identidad. Lugares de búsqueda de nuestra verdadera identidad. Por eso son lugares rodeados y empapados de silencio.
Monjes y laicos iban a los grandes monasterios – cartujas, benedictinos, carmelitas, cistercienses, por citar unos pocos – para palpar lo eterno. No se conformaban con lo transitorio y lo pasajero. Transitorio y pasajero que tanto nos atrapa y distrae en nuestro tiempo.
Buscaban (y buscan) el Ser que no pasa. Buscaban (y buscan) lo Invisible que se manifestaba en las maravillas visibles.

El Ser eterno que se manifiesta en el tiempo y lo Invisible que late en lo visible, lo permite y lo sostiene tienen una misma característica: se palpan en el silencio.
Por una simple y exquisita razón: pensamiento, sentimientos y emociones son transitorios y pasajeros. Solo el silencio es eterno. El silencio es el espacio donde todo aparece y toma forma. El pensar surge del silencio y vuelve a él. Así los sentimientos.

Entonces ponernos de lado del silencio es optar por la sabiduría. Es optar por lo eterno y por ser verdaderamente libres. Solo el silencio es el espacio de pura libertad. Esta libertad tan aclamada y proclamada en nuestras culturas y desde las clases políticas, pero no encontrada. Porque es una seudo-libertad, una libertad siempre dependiente y condicionada por el frágil pensar y las heridas emocionales.
Solo desde el silencio aprendemos la única libertad. Desde él aprendemos a manejar y disfrutar del pensar y del sentir. En otras palabras de la vida.
Porque hay una Vida y una vida. La Vida silenciosa es la que permite y crea esta nuestra vida terrenal, empastada del pensar y del sentir. Qué pueden ser – y lo son si dudas – enormemente hermosos y disfrutables. Como también sumamente dolorosos.  

Hay que volver a los monasterios. Con un cambio por cierto.
Un cambio dictado por la evolución de la humanidad.
Volver y construir el monasterio interior. Hacer del corazón humano un monasterio, un lugar – el lugar – donde el silencio susurra y revela lo que somos.
Se terminarán los templos exteriores o pasarán a ser secundarios. Descubriremos otro templo, otro imponente monasterio en nuestro frágil corazón. Un monasterio que siempre estuvo presente en realidad. El maestro de Nazaret lo había vislumbrado cuando dijo:
Pero la hora se acerca, y ya ha llegado,
en que los verdaderos adoradores 
adorarán al Padre en espíritu y en verdad,
porque esos son los adoradores 
que quiere el Padre. 
Dios es espíritu, 
y los que lo adoran 
deben hacerlo en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23-24).

Podemos acelerar este cambio de época. Podemos crear comunidades espirituales – monasterios sin paredes – que viven desde el silencio y desde el monasterio interior de cada cual.
Monasterio interior que algunos llamaron “Santuario interior”, otros “alma”, otros “intimidad más íntima”, otros “sala del rey del castillo interior”.
Poco importa el nombre. Utiliza el que más te inspire y guste, el que más se ajuste a tu historia y perfil psicológico.
Hermosa es la metáfora del “Debir”. El “Debir” era el lugar más sagrado de Templo de Jerusalén, donde se guardaba el Arca de la Alianza y donde el Sumo Sacerdote entraba una sola vez al año. Es el Sanctasanctorum (Santo de los santos). El término hebreo “Debir” significa “lo que está detrás” y por eso algo oculto, escondido. También viene de la misma raíz de “palabra” (“dabar”). El Debir entonces es el lugar más íntimo, donde todo es silencio y donde se escucha la verdadera palabra. Es nuestro lugar más sagrado, nuestro Monasterio interior.

El futuro de la humanidad pasa por el monasterio interior, pasa por la experiencia de silencio. No tengo duda.
Porque solo enraizados en el silencio podremos descubrir y vivirnos desde lo que somos: el Amor. Porque solo el silencio permite y engendra la vida.
Cuando nos instalamos en el Silencio de nuestro monasterio interior, el Amor aparece. Misterio inagotable que se esfuma a la mínima tentativa de ser atrapado y retenido. Sumamente libre el Misterio nos hace libres, a la única condición de no intentar poseerlo.
No podemos manipular el Misterio, como no podemos decir el Silencio. Solo los podemos ser. Siendo, desde el Silencio interior, el Amor te transforma y transforma la realidad.


Podemos hacer algo. Debemos: por el bien de nuestro mundo maravilloso y de los que vendrán. Podemos hacer algo: haciendo del silencio nuestra Casa y anunciando el silencio por doquier.

domingo, 7 de enero de 2018

Marcos 1, 7-11


Celebramos hoy la fiesta del bautismo de Jesús, fiesta con la cual cerramos litúrgicamente el tiempo de Navidad y abrimos el tiempo ordinario, tiempo de cotidianidad, donde vivir el Misterio de Cristo.
El relato de Marcos es cortito, sintético, escueto. Marcos no da muchas vueltas y va a lo esencial.
Podemos vislumbrar lo esencial de este texto en la frase: “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección”.
Sin duda el bautismo de Jesús tiene una raíz histórica y podemos suponer que fue un momento determinante en la experiencia del Maestro de Nazaret en cuanto a la comprensión de su identidad y de su misión.
La podemos comparar con algunas de nuestras experiencias que marcan y flechan la existencia: un encuentro nítido y profundo con la divinidad, un enamoramiento, la maternidad/paternidad, un dolor que nos sacude.

Profundicemos entonces en la frase: “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección”.
Esta frase supone y presenta a un Dios como a un “Tu”. Jesús, hombre verdadero, experimenta a la divinidad a través de las categorías relacionales y culturales de su tiempo.
Las religiones teístas (judaísmo, cristianismo, islamismo) se refieren a Dios en términos relacionales: Dios es persona y se relaciona con el mundo.
Sin duda un aspecto importante, pero hay que estar atentos a no absolutizarlo.
Por dos motivos: en primer lugar el peligro siempre presente del antropomorfismo. Palabra un poco difícil que significa que aplicamos a Dios nuestras categorías humanas. Lo hacemos constantemente sin darnos cuenta: cuando hablamos de Dios “Padre”, “amigo”, “esposo”, “compañero de camino”…. estamos aplicando a Dios algo de nuestra experiencia humana. No es que no sea lícito y hasta importante, pero es necesario ser conscientes de sus limitaciones. Dios es el Misterio inabarcable e indecible que no entra en ninguna categoría e imagen.

El Misterio abarca, contiene y supera toda forma humana de comprenderlo y expresarlo. Por eso solo el silencio – paradójicamente – respeta y expresa el Misterio.

El otro peligro – relacionado con el primero – consiste en absolutizar el concepto de “persona”. El cristianismo elaboró, a partir de la cultura griega, toda una filosofía y teología personal que marcó su camino.
Aplicar a Dios el concepto humano de “persona” es insuficiente y deficiente.
“Persona” es una categoría mental heredada de la cultura griega y se refiere a una estructura psicofísica: no podemos aplicar sin más esta categoría a la divinidad.
Dios es el Misterio personal, impersonal y suprapersonal en el cual vivimos también lo personal. Dios se experimenta y se manifiesta como persona en el ser humano.

Es fundamental comprender todo eso para que nuestra experiencia de Dios se profundice y ensanche y podamos dialogar con culturas y espiritualidades que no se refieren a Dios en términos personales (budismo e hinduismo por ejemplo).

Sin duda en nuestro caminar necesitamos también referirnos al Misterio en términos relacionales: un “Tú” divino que nos escucha y camina a nuestro lado. Pero Dios es más que esto: es el Misterio sin nombre que todo lo sostiene y abarca.
Es, como dicen los místicos sufíes, “el Aliento de todos los alientos”: ¿hay “definición” más hermosa?

Hay una maravillosa oración jasídica (rama mística del judaísmo) que refleja bien lo que venimos diciendo:

Adonde yo vaya, tú,
solo tú, todavía tú, siempre tú.
Si me va bien, tú,
si estoy sumido en el dolor, tú,
cielo tú, tierra tú, arriba tú, abajo tú.
Adondequiera me vuelva, tú
adondequiera mire, tú,
solo tú, todavía tú, siempre tú.

El “Tú” de esta oración – una mirada atenta se da cuenta – es mucho más que un “Tú”.
Solo la poesía que surge del silencio puede susurrar humildemente unas pocas palabras:

Amor que me respiras,
te encuentro por doquier
Vida de mi vida,

silencioso amanecer.

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