domingo, 19 de noviembre de 2017

Mateo 25, 14-30




La conocida parábola de los talentos corre el riesgo de ser malinterpretada y de hecho en muchos casos es lo que pasó. Una lectura superficial y literal nos llevaría a dos grandes malentendidos que oscurecerían el genuino mensaje evangélico.

¿Cuáles son los grandes malentendidos?

Por un lado una interpretación de la relación con Dios a partir del merito: trabajar a todo trapo e invertir nuestros talentos nos merece el amor de Dios. Es una mentalidad todavía muy presente en el pueblo cristiano: la salvación hay que ganársela, hay que merecerla. Justo lo opuesto al mensaje central del evangelio: la gratuidad. Esta espiritualidad del merito – que San Pablo destrozó en sus cartas ya en los primeros años del cristianismo – lleva a consecuencias nefastas e inhumanas: elitismo espiritual, competencia, envidias, celos, castas, orgullo, hipocresía.
Por el otro lado nos ofrecería una imagen de un Dios exigente y perfeccionista – parecido a un moderno empresario sin escrúpulos – que pretende un camino de perfeccionismo para el pobre ser humano condicionado y limitado. También esta mentalidad perfeccionista sigue presente en muchos ámbitos cristianos y eclesiales. Más allá que hasta la psicología moderna reconoce el gran peligro del perfeccionismo para el equilibrio de nuestra frágil psique, también espiritualmente es un camino insano. El perfeccionismo tiene serias consecuencias: una tensión continua, la poca capacidad de disfrute, el postergar siempre en un futuro la felicidad.
Un ideal perfeccionista hace olvidar lo extraordinario: todo es ya perfecto en su manifestación imperfecta.

Intentamos captar el mensaje de la parábola teniendo en cuenta el eje del mensaje y la vida de Jesús: la gratuidad. Siempre hay que tener este criterio claro a la hora de leer el evangelio y buscar su mensaje de vida para nosotros hoy: también – y sobre todo – cuando parece contradecir ese mensaje esencial y fundante.
Todo el evangelio hay que leerlo a la luz de la Vida plena que somos y que Dios continuamente nos regala en el momento presente.

¿Cómo interpretar entonces los talentos?

Los talentos en el fondo expresan y revelan nuestra identidad: lo que somos. Lo que somos es el talento más preciado y valioso. Vivir en conexión y a partir de este talento llevará sin duda a dar fruto. Y estos frutos maravillosos no nos llevarán a los peligros de una religión del merito o perfeccionista: viviremos a partir de lo que somos y lo que somos es – esencialmente – don, gratuidad. Y el don que se sabe don excluye merito, perfeccionismo, moralismo.
Viviendo en conexión con nuestro ser esencial aparecerán también los talentos más concretos y originales de cada uno, como revelación de las infinitas posibilidades del ser. El ser humano, decía Kierkegaard es una “infinita posibilidad”.
Esos talentos que cada uno tiene son también don y hay que sacarlos a la luz: nuestro ser esencial empuja constantemente para poder expresarse en esos talentos propios y particulares de cada uno. Es propio del Amor expresarse y revelarse. No permitir esta expresión nos enfermará de alguna manera. Es lo que le pasa al siervo miedoso que esconde su talento y no da fruto.

Una espiritualidad del miedo nos bloquea e impide la vivencia de nuestro auténtico ser y la revelación de nuestros talentos.
¡Es la hora del despertar! Es hora de una sana rebeldía contra toda autoridad que reprime una genuina expresión del ser y de los talentos.
Es hora de ser más responsables.
Juan Luis Segundo insiste sobre la responsabilidad. Al siervo malo y perezoso “el dueño le responde: precisamente porque yo cosecho donde no siembro, necesito de ti para cosechar donde no sembré. Necesito de ti para sacar cosas donde yo nada puse; para eso es mi ley, para que tu la hagas servir al hombre y produzcas cosas que yo solo no puedo producir; con la ley tu tienes un elemento para humanizar la existencia del hombre; pero para ello tienes que arriesgarte a usar la ley con libertad en esa tarea que se te da; si tu no te arriesgas, no me sirve de nada que me devuelvas la ley íntegramente, no me sirve de nada recobrar el talento que te di porque yo soy el que cosecha donde no siembro y por eso necesito de ti, tienes que aceptar el riesgo, la responsabilidad, de lo contrario no me sirves”.

Somos responsable del gran don del ser y de la vida: no responder nos llevará a una vida estéril y triste. Y esto no tiene nada que ver con una imagen de un Dios castigador y castrador: lo que llamamos “Dios” en realidad estará siempre ahí, siempre presente, siempre Presencia. Estará siempre ahí en el fondo de nuestro ser, latiendo en cada cosa y soplando vida por doquier.
Estará siempre ahí tocando su flauta divina, esperando a que el agujero se destape y se vacíe.
Es hora de vivir, de deja fluir la música. Si no respondemos ahora sin duda responderemos con nuestra muerte: será el fin del ego, de nuestra defensas y nuestros miedos.
Tal vez sería mejor empezar desde ahora a ser responsables y a vivir en plenitud…





martes, 14 de noviembre de 2017

“Mi alma canta la grandeza del Señor” (Lc 1, 46).




Quién concibió a Cristo se pone a cantar” nos dice el sacerdote y poeta italiano David María Turoldo (1916-1992).
Me gusta mucho esta figura de sacerdote: profético, rebelde, poeta, amigos de los pobres. Nos invita a concebir a Cristo y a cantar el poeta. Nos invita a cantar con María y como María.

Nos acercamos al tiempo de Adviento, tiempo de espera y preparación a la Navidad. Acercarnos a María entonces nos viene de maravilla, así como reflexionar sobre el Misterio de la encarnación.

María concibe a Cristo y su primer gesto es cantar. Aunque el texto del Magnificat (1, 46-55) que Lucas pone en los labios de María con toda probabilidad no refleja palabras históricas de la Virgen, sin duda podemos confiar que María cantaba y alababa a Dios.
Concebir a Cristo y cantar van de la mano. Tal vez nosotros cantamos poco porque no concebimos al Cristo. Nos parece que concebir a Cristo fue misión exclusiva de María de Nazaret. Grave error, como lo señalan los padres de la iglesia. Se da y se puede dar un concebimiento místico del Cristo. Y místico no significa menos real, sino más real.

Orígenes afirma: ¿De qué me sirve que Cristo haya nacido una vez en Belén si no nace de nuevo por fe en mi alma?
Y el místico polaco-alemán Angelus Silesius:
Aunque Cristo nazca mil o diez mil veces en Belén, de nada te valdrá si no nace por lo menos una vez en tu corazón

La encarnación va más allá del acontecimiento historico de Jesús de Nazaret.
Dios sigue encarnandose en la historia, sigue expresandose y manifestandose en todo lo que vive. Dios es Vida y la Vida, en todas sus infinitas manifestaciones, expresa y revela a Dios, sin por eso agotarlo.
Entoces estamos llamados, como cristianos, a concebir al Cristo. Concebir al Cristo es un acto de conciencia: conectar con nuestro ser esencial, descubrir la unidad que subyace a nuestra vida, descubrirnos uno con Dios.
Descubrimos entonces que “Cristo” es nuestro nombre más auténtico, nuestra más profunda idendidad. Lo concebimos cuando caemos en la cuenta que somos el Cristo en una particular expresión.
Descubierto esto nos queda solo una cosa por hacer: cantar. Danzar también, como hacía el místico sufí Rumi y como hacen tantos pueblos indigenas.
Surge espontaneo el canto y la alabanza, el gozo y el agradecimiento. Cantando con o sin palabras. Con la voz o desde el corazón.
Y este canto contagia, invita, anima.

Cantando sembramos en el mundo la semilla del despertar, del Cristo que viene y vendrá. La semilla del Cristo que todo lo llena.
Todos somos madres de Cristo e invitados a donarlo al mundo. Desde el silencio y desde el amor.
Solo se concibe así: desde el silencio y desde el amor. Silencio y amor que no podremos después callar: entonces cantaremos. Cada cual cantará como puede y sabe: no importa. Importa cantar.
El canto saldrá solo, como un fuego de amor que no se puede contener.



domingo, 12 de noviembre de 2017

Mateo 25, 1-13




Hoy se nos regala una maravillosa parábola. La parábola de las 10 jóvenes: un texto lleno de símbolos, metáforas, alusiones, invitos. Dejemos cuestionar y penetrar por la parábola.
Como siempre intentamos comprender el texto a la luz de la experiencia de la unidad y de lo Uno que la vivencia del silencio nos regala.
También esta es una parábola del Reino. Jesús usa la metáfora del Reino para expresar nuestra verdadera identidad – nuestro ser eterno, lo que somos – que está llamada a hacerse historia y a manifestar en esta historia la belleza y armonía de la divinidad.
En esta parábola Jesús compara el Reino a una boda. En la tradición bíblica las imágenes de la boda y del banquete expresan la plenitud y el gozo del Reino: la plena y perfecta comunión del cosmos, del ser humano, de la divinidad.

¿Quién no anhela esta plenitud? ¿Quién no anhela sentirse uno con todo y con todos?

La parábola sugiere – el amor siempre sugiere y nunca se impone – donde hay que buscar esta plenitud y que herramientas podemos utilizar.
La boda – la plena comunión con Dios – es aquí y ahora. No existe otro tiempo ni otro momento. Lo único real que tenemos es el momento presente. Dios es y solo este momento es. Todo se desarrolla admirablemente y místicamente en un eterno presente. Siempre es aquí y siempre es ahora. Nunca hemos vivido en un momento que no fuera en el aquí y en el ahora.
El Buda lo había intuido antes que el Maestro de Nazaret y nos aconseja: “alégrate porque todo lugar es aquí y todo momento es ahora”.

El problema radica en el pensamiento: hasta que no logramos salir del pensamiento viviremos perdidos, anclados en un pasado que no ya no está o en un futuro imaginario e hipotético. Viviremos zarandeados, como un barco a la deriva, por nuestros sentimientos y emociones. La mente no logra estar en el momento presente, no es su tarea. Por eso es esencial aprender a usar la mente y a no dejar que nos use.

La herramienta es la vigilancia, la atención: el aceite de las lámparas en nuestra parábola. Vigilancia que es el gran tema de todo el capitulo 25 de Mateo.
Las jóvenes necias no está atentas, no vigilan: están preocupadas por el esposo que tarda en llegar, preocupadas por entrar a la fiesta, por no perderse “la joda” como dirían nuestros chicos. Viven en su mente y por eso se pierden el presente.
Las jóvenes prudentes (el término griego se puede traducir también con “inteligente”, “sabio”) están atentas y vigilantes. En este momento no está el esposo, simplemente hay lámparas vacías: hay que conseguir aceite. Viven en el presente y utilizan la mente correctamente.
El esposo tarda y todas se duermen: es el sueño de la humanidad y de cada uno de nosotros cuando no sabemos quienes somos. El sueño de la ilusión, el sueño del ego que siempre posterga la felicidad en un futuro imaginario.

¡Qué importante es despertar! Despertar a la realidad, a la Presencia, aquí y ahora. Llega el esposo – lo podemos identificar con este momento – y todas las jóvenes despiertan. Siempre estamos en el Presente, siempre estamos en Dios. Imposible estar afuera. ¿Dónde radica la diferencia?
Las necias están sin aceite y por ende sin luz. No logran ver la plenitud del momento y se quedan afuera, perdidas en su mente inquieta y su emotividad fuera de control. Ahí la paradoja: están a pocos metros de la puerta pero se quedan afuera: el Reino – la experiencia de la plenitud – siempre está acá, siempre disponible. A la distancia de un respiro, el respiro consciente que nos despierta.
Las sabias entran: tienen luz porque tienen aceite. Tienen luz porque están atentas. Tienen luz: son conscientes. Son conscientes de la plenitud del momento y por eso lo pueden disfrutar.

En el fondo la gran y tal vez la única diferencia entre las dos actitudes es el disfrute.
Quién es lúcido y consciente de su vivir en Dios disfruta de la vida, con todo lo que viene junto a la vida: alegría y dolor, experiencia de límite y la fragilidad.
Quién no es consciente y vive perdido en su mente (pensamientos y sentimientos) vive insatisfecho buscando una plenitud imaginaria y muchas veces vive quejándose y conformándose con migajas de felicidad: los “pequeños consuelos” que nos vienen del comprar, del comer, del sexo, del éxito, del dinero.
Una vida atenta y despierta no desprecia “los pequeños consuelos”, pero los vive en su verdad: manifestación pasajera de una plenitud más grande que constantemente nos llama a la perfecta libertad.
La perfecta libertad de disfrutar de la boda: vida plena, aquí y ahora.




domingo, 5 de noviembre de 2017

Mateo 23, 1-12




Una página anticlerical como pocas” afirma Francesc Riera en su comentario.
Uno de los textos más lúcidos y polémicos del evangelio.
El gran peligro es leerlo como si Jesús hablara solo para los fariseos y escribas de su tiempo. Es interesante notar como por las cosas que no nos convienen encerramos el mensaje evangélico en un anacrónico historicismo y para las que nos convienen lo actualizamos olvidándonos de la misma historia.
Este es uno de los casos más evidentes. Necesitaríamos más coherencia en la lectura misma del evangelio.

Al leer el texto de hoy no puedo no pensar a tantas experiencias de iglesia, a obispos, sacerdotes, catequistas. Tantos cristianos con responsabilidades – los “maestros oficiales” – que caen en la incoherencia y la hipocresía y, más grave aún, cargan a los demás con reglas y conductas que ellos no viven ni de lejos.
Terrible peligro que nos acecha a todos: nadie se escapa. Por eso hay que estar bien atentos y siempre tener a mano las preguntas: “¿Hago lo que predico?”, “¿Vivo lo que exijo a los demás?”.
El evangelio es también duro. “La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (Heb 4, 12).
No se aprende a vivir y amar sin dolor. La coherencia y la transparencia nos penetran y purifican, nos cuestionan y alientan.
En la comunidad cristiana – todos lo sabemos de sobra – toda autoridad es servicio y para el servicio. Cuanto más autoridad, más servicio. El servicio sincero nos preserva de la tentación hipócrita. En el servicio no hay títulos, ni privilegios, ni honores: “no se hagan llamar «maestro», porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos.” (Mt 23, 8).
 Jesús entendió su misma su vocación mesiánica como un llamado al servicio: “Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.” (Mc 10, 45).

Por eso podríamos también preguntarnos: “¿Lo mucho o poco que tengo es para el servicio?”.
Si no estamos atentos y sumamente lúcidos con el tiempo el servicio se enquista y se va aislando de la vida, convirtiéndose en ideología. Convertimos el servicio en burocracia y perdemos lo central: las relaciones humanas y el servicio a la dignidad de la persona. Es lo que pasa con muchas instituciones: Onu, Fao, Unicef…convertidas en burócratas del servicio gastan más dinero para su sustentamiento que para el fin por el cual fueron creadas.
Nos aferramos a los títulos y honores del servicio sin servir, sin amar, lejos de la vida real y del sufrimiento humano.

Enrique Martínez en su comentario se pregunta: “Si Jesús era “anticlerical”, ¿por qué la religión que se remite a él llegó a “clericalizarse” hasta el extremo?
Es interesante y sugerente pensar en Jesús como anticlerical. Jesús es anticlerical porque es coherente, auténtico, lúcido. Jesús es anticlerical porque tiene una capacidad increíble de desenmascarar nuestro ego y nuestras ideologías. Jesús parte siempre de la vida real: es ahí donde experimenta a Dios y es ahí donde escribe su fidelidad y su mensaje. Jesús es anticlerical porque no soporta la hipocresía y la falsedad. Sus palabras y sus gestos quedan siempre ahí, como icono perenne de autenticidad y transparencia.
Posiblemente tendremos que lidiar siempre con algunas incoherencias e hipocresías: el camino de madurez pasa por ahí. No tenemos que deprimirnos o desmoralizarnos cuando advertimos estas incoherencias: ser conscientes de ellas es el primer y fundamental paso.

El camino de la coherencia y la fidelidad pasa necesariamente por el silencio. Sin silencio interior es imposible darnos cuentas del constante juego de nuestro ego que siempre quiere mostrar una imagen de nosotros mismos, y una imagen acorde a sus creencias mentales e ideológicas.
Solo el silencio desactiva la trampa. Solo el silencio afina la vista.
Buen camino y perdón por mis incoherencias.  



Etiquetas