miércoles, 3 de agosto de 2016

Yemas de mi ciruelo


Vida temprana
yemas de mi ciruelo.
Loco de amor.






Cerca de mi cuarto, muy cerquita a la puerta de entrada está mi ciruelo. También un olivo. El olivo ya estaba cuando llegó el ciruelo. Amo a mi ciruelo. Amo también a mi olivo, pero el amor se hace personal, íntimo y hoy hablaré del ciruelo, sin olvidarme el olivo y las flores.
Y si digo “mi” ciruelo no es porque lo poseo o quiero poseerlo: no podría amarlo si quisiera poseerlo. El “mi”, delante de “ciruelo”, indica el cuidado, la atención, la contemplación. Como decía el amor, siempre universal y total, también cuida de cada detalle, cada latido, cada suspiro, cada sonrisa. Cuando se cuida algo sin querer poseerlo me parece permitido usar el “mi”.
Hablo con mi ciruelo. Lo saludo por la mañana y me despido por la noche. Hablamos de tantas cosas pero las mayorías de nuestros encuentros son silenciosos. El me mira y yo lo miro. Así de simple, así de bonito. Lo mismo pasa con Dios: extraño y asombroso a la vez. Y también de Dios hablamos con mi ciruelo: él entiende de estas cosas.
Hace pocos días descubrí que las primeras yemas se estaban abriendo. Y le dije a mi ciruelo: “¿No te parece temprano? Todavía estamos en agosto. Falta para la primavera. Una helada tardía te puede complicar”. No me hizo caso el ciruelo y las yemas se siguen desarrollando hermosamente. Demasiada vida hay adentro. Pasa a menudo que demasiada vida no se puede guardar por mucho tiempo. Y desborda. Incontenible.
Entonces le escribí un haiku a mi ciruelo y sus yemas tempranas. “Que los versos plasmen su valentía”, pensé. No le tiene miedo al invierno mi ciruelo, ni al frío o la oscuridad. Demasiada vida. Demasiado Dios presente como para tener miedo.
¿Qué es el miedo cuando todo un Dios está presente y la primavera irrumpe?” me susurró, casi impertinente.

Miro las yemas, enamorado. Una y otra vez. ¿Cómo no enamorarse al ver una yema abrirse? Quien nunca se enamoró de una yema todavía no descubrió el sentido de la vida.

Loco de amor las miro: ¡si!. Casi un éxtasis diría. Y tengo que escaparme de mi ciruelo y sus yemas: demasiado amor, demasiado Dios como para resistir. Me deslizo furtivo: demasiada luz puede cegar. Casi cantando voy y vengo y cuando paso cerca de mi ciruelo lo miro de reojo, sereno, en paz. Nos hacemos una guiñada cómplice y adivinamos la sonrisa de Dios, un sepulcro vacío y el sabor de las ciruelas maduras.

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