sábado, 14 de octubre de 2017

El corazón del mundo




¿Dónde se encuentra el corazón del mundo?
Podríamos formular la pregunta también de esta forma: ¿Dónde está el centro que unifica la vida y le confiere armonía y coherencia?
Los místicos desde siempre han respondido de la única forma posible: paradójicamente.
Responden: en ti, en todo, en ningún lado.
A la mente – lógica e inquieta – una respuesta así no le satisface y hasta la pone más inquieta.
Pero, desde otro nivel de conciencia, es una respuesta sumamente necesaria, útil y transformadora.
Por eso el camino místico y contemplativo es el camino del futuro, el camino hacia una auténtica liberación.
La visión mística abraza la totalidad y ve lo que la mente no puede ver. La mente separa y fragmenta y por eso no puede mantener unidos los opuestos.
La visión mística unifica y mantiene unidos los opuestos sin por eso negar las diferencias.
Por eso puede decir: el Universo tiene un centro, un centro que está en todas partes y ninguna al mismo tiempo. A ese centro lo podemos llamar Dios.
La filosofía medieval lo dijo así: “Dios es una esfera inteligible, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. Formula retomada por el filosofo y místico francés Blaise Pascal.
¿Para nuestra vida concreta que significa todo esto? ¿Qué puede aportarnos? ¿En qué nos ayuda a crecer?
Antes que nada es importante tomar conciencia que cada ser humano busca – inconsciente o conscientemente – un centro. Parece escrito a fuego en nuestras células y nuestra psique.
Intuimos que solo una vida centrada – vivida desde un centro y hacia un centro – tiene verdaderamente sentido y puede dar fruto.
Concretamente la experiencia del centro es sumamente importante: nos unifica y nos instala en la paz.
Decir centro es decir entonces armonía, estabilidad, unidad, sentido, dirección.
En palabras las más simples posible: ¿como podemos entonces sugerir la experiencia del corazón del mundo y del centro?
Podemos decir así: el centro de cada ser humano es Dios. Siendo Dios el centro es un centro descentrado: lo que experimentamos psicológicamente como centro es en realidad (ontológicamente) el único Centro que todo contiene, todo sostiene y en todo alienta vida. Esto quería expresar Maestro Eckhart cuando dijo: “mi fondo y el fondo de Dios son un mismo y único fondo” y también “el ojo con el cual veo a Dios es el mismo ojo con el cual el me ve”.
Dios es al mismo tiempo el único Centro donde todo existe, mi centro, tu centro y el centro de todo.
El corazón del mundo es ese único punto que siendo siempre uno en sí mismo se dilata y expresa en infinitas formas sin dejar de ser este único punto.
Encontrar el centro y vivir desde ahí es cuestión de práctica, de entrenamiento paciente, de ascesis espiritual. Práctica que se centra en la atención y la percepción.
Percepción y atención en sus dos dimensiones: interior y exterior.
Mirando hacia adentro aprendemos a percibir nuestro centro y mirando hacia fuera descubrimos el mismo centro en todo.
La experiencia psicológica de tener un centro se expande hacia fuera en la experiencia mística del mismo y único centro.

El corazón del mundo soy yo, eres tu.
El mismo Dios es nuestro centro.
El mismo Dios y el único Amor.
La misma Vida y la única Vida.
El corazón del mundo que fluye en tus venas y en la savia de los árboles.
El corazón del mundo que sonríe en la sonrisa de los niños y los ancianos, en el trinar de las aves y en los colores del otoño.
El corazón del mundo que late en tus latidos, habla tus palabras y oye la brisa entre las hojas.
Este corazón del mundo mudo y quieto que siente en tus sentidos, vibra de pasión y llora tus lágrimas.
Este mismo corazón que se luce en el verdor de los árboles, el amarillo del limón y se tiñe de matices en los atardeceres.
El corazón del mundo que se viste del azul del cielo y de los mares.
Eres tu el corazón del mundo y el mundo está en tu corazón.
Este corazón que ama con tu amor y sueña en tus sueños.
Este corazón amante del silencio: su casa, su hogar, su posada y albergue.
Este corazón quieto y silencioso que desde dentro todo sostiene y en todo canta y expresa su melodía.
Toca divino flautista. Toca una vez más. Toca las invisibles cuerdas de mi flauta que en realidad es tuya. Seré el agujero sin nombre para tu nota más pura.





miércoles, 27 de septiembre de 2017

Disciplina



“El precio de la disciplina es siempre menor que el dolor del arrepentimiento”
Nido Qubein

La disciplina – de cualquier manera la entendamos – no está muy de moda en nuestra sociedad occidental. La ideología dominante marcada por la tendencia neo-liberal nos quiere convencer que la felicidad y la realización personal van de la mano del sentimiento y de una libertad tan mal entendida que se convierte en esclavitud. Nos quieren convencer que ser felices es hacer lo que se siente, cuando se siente, como se siente. Si compramos algo, mejor. Y si alguien o algo tienen que sufrir, paciencia: asuntos suyos.

Nos quieren convencer y nos convencieron. Pero los frutos no son muy sabrosos: constantemente vemos gente “famosa” que se suicida, que cae en la corrupción o simplemente muy sola y triste. Paralelamente los niveles de estrés y depresión siguen aumentando y así los conflictos sociales.

Parece que la formula ideológica del neoliberalismo no funcione. Pero seguimos en lo mismo. El gran escritor ruso Dostoievski, gran conocedor del corazón humano, había visto bien y su terrible frase nos lo recuerda: “somos adictos a lo que nos destruye”.

La disciplina nos puede venir en ayuda. Es la gran olvidada la disciplina, obedeciendo como siempre a la ley del péndulo: hace unos decenios lo que marcaba las sociedades occidentales y la iglesia también, era una disciplina exagerada, inhumana y estéril. Hoy en día nos fuimos al otro extremo: nada de disciplina, nada de reglas, nada de ascesis. Todo tiene que ser fácil, pronto, disponible desde ya.
Se educan (¿o deseducan?) los niños y los adolescentes sin límites, sin disciplina, sin un mínimo de reglas. Los padres y los educadores no pueden opinar mucho, no sea que te denuncien. Y estos niños y adolescentes crecen frágiles, sin la capacidad psicológica sana de soportar la frustración. Frustración que siempre será parte de la vida y de un camino de crecimiento.
Las sociedades que tenemos son frutos también de esta deseducación.
También la iglesia no sabe educar más a una sana autodisciplina y ascesis: a menudo se imponen reglas morales sin ayudar a una sana comprensión de las mismas y sin acompañar en un proceso auténticamente humano.

Hay que volver a una disciplina bien entendida.
Sin disciplina no hay verdadero crecimiento. Sin disciplina tampoco se puede dar una auténtica experiencia espiritual.
Hay que pagar un precio para la disciplina como nos recuerda la cita de hoy. Crecer supone siempre un costo humano. No se crece sin dolor como nos recuerdan los grandes psicólogos y maestros espirituales. Intentar ahorrarnos – y ahorrar a los demás – el necesario dolor que supone crecer nos llevará a un dolor mayor: el del arrepentimiento. Haremos las cosas mal. Sin la necesaria disciplina nuestras elecciones serán siempre dominadas por la ideología liberal y superficial que no nos llevará muy lejos. Nos llevará, cuando mucho, a una satisfacción inmediata de nuestras necesidades y deseos superficiales.

La disciplina es fundamental por distintas razones. Analicémoslas brevemente:
1)   La disciplina educa a la paciencia y a la espera. Todo madura a su tiempo. Apurar los tiempos es siempre contraproducente.
2)   La disciplina educa a soportar creativamente las frustraciones y desilusiones de la vida.
3)   La disciplina centra a la persona
4)   La disciplina nos conecta con nuestro ser más profundo y estable, más allá de sentimientos y emociones, siempre pasajeras.

Educar a la disciplina es entonces fundamental. En cada ámbito de la vida.
Cada cual tiene que encontrar su forma adecuada de disciplinarse y, si tiene algún tipo de autoridad, de disciplinar.
La disciplina ordena, purifica, prioriza, centra.

A nivel de camino espiritual yo aconsejo la meditación. Meditar es un ejercicio de disciplina maravilloso: horarios, postura, constancia, aridez. Muchos que empiezan a meditar van dejando: tal vez también acá hay un problema de disciplina. Soportar un ejercicio espiritual que no ofrece rápidos frutos no es para todos y no es fácil.
Meditando aprendemos también a disciplinarnos en otras áreas de la vida.
El precio que se paga para una disciplina bien entendida y vivida siempre dará frutos sabrosos: paz interior y lucidez mental.





lunes, 11 de septiembre de 2017

Autonomías, independencias, separatismos: ¿y la unidad?




En estos días europeos me voy enterando de las novedades a nivel político, social y económico. Destaca una realidad: la tendencia a la separación y la fragmentación.
Más allá del conocido brexit de los ingleses ahora aparecen el referéndum para la independencia de Cataluña y para las autonomías de dos regiones en el norte de Italia. Cada pequeño grupo étnico o religioso reclama autonomía y/o independencia.
La unión europea parece ser muy frágil. Así el Mercosur en Latinoamérica.
Sin hablar de las crisis políticas internacionales que mentes enfermizas quieren resolver con dictaduras, amenazas y bombas.
Los intentos de construir unidad parecen fracasar. Hay una regresión a los nacionalismos, particularismos, sectarismos.
Obviamente no todo es negativo y los esfuerzos generaron realidades y sensibilidades positivas y constructivas.
Pero algo no funciona. ¿Qué es?
A mi parecer la clave está en comprender que la unidad no se construye, se descubre. Lo repito y reafirmo con determinación: la unidad no se construye, se descubre.
Los intentos de unión y unidad a nivel político, económico, religioso tienen un punto de partida equivocado: somos distintos y tenemos que construir la unidad.
Eso en general no funciona o simplemente aporta unos parches o apariencias de unidad. Parches y apariencias que se quiebran fácilmente como estamos viendo. Caemos con asombrosa facilidad en los dos extremos: un totalitarismo y uniformismo deshumanizantes o un individualismo y egoísmo esclavizantes.
El punto de partida tiene que ser otro: la unidad es lo que ya somos. No hay nada que construir, simple y maravillosamente hay que verlo. La construcción, el esfuerzo y el trabajo se darán en el ámbito de la manifestación, no de la esencia. Daremos visibilidad a lo que somos: en este sentido podemos hablar de construcción y esfuerzos hacia la unidad.
¿Qué es lo que está pasando?
Estamos viendo mal. Vemos separación donde no hay y queremos a toda costa unificar, como si el Universo estuviera hecho mal. Pretensión siempre absurda del egoísmo humano y de un antropocentrismo patológico. Esta pretensión está destinada al fracaso. Y apuramos los tiempos, apuramos los procesos.
Como dijo el sabio Lao-Tsé: “El Universo es sagrado. No lo puedes mejorar. Si intentas cambiarlo, lo estropearás. Si intentas asirlo, lo perderás.
Intentar mejorar algo perfecto es absurdo y conduce a estropearlo (¿no será que los desastres naturales actuales sean mensajes de un Universo que no quiere ser manipulado y estropeado?). En cambio ver la perfección conduce a la gratuidad, el agradecimiento y el compartir.

Hace unos años salió un librito del teólogo francés Christian Duquoc titulado “La sinfonía diferida”. El librito quería mostrar – en ámbito esencialmente religioso cristiano – que esta búsqueda de unidad entre las distintas confesiones cristianas es como una sinfonía diferida. Cada cual suena sus instrumentos buscando integrarse en una armonía sinfónica y universal. Pero esta sinfónica siempre nos supera y nos espera como utopía: apurar los tiempos lleva solo a desafinar.

Primer paso entonces: no apurar los tiempos. Todo tiene su ritmo y su proceso. Construir sobre fundamentos débiles e inestables es peligroso. Hay un refrán italiano que dice: “La gata apurada saca gatitos ciegos”.

Segundo paso: apuntar a lo esencial. Construir sobre fundamentos ilusorios o superficiales es perjudicial y una gasto inútil de energía. ¿Qué es lo esencial? Ver. Educarnos a ver y educar a ver es el primer e inevitable paso.
Cuando empezamos a ver la unidad y lo Uno que subyace a todo podemos trabajar para que esa misma unidad reluzca, aparezca, se visibilice.
Cuando veamos que no existen italianos, franceses, españoles, uruguayos, argentinos, venezolanos, estadounidense, coreanos, etc… sino que solo existe el ser humano ocurrirá el milagro: encontraremos la tensión justa entre el respeto de la identidad propia y el bien común. Encontraremos la manera correcta y ajustada de manifestar lo distinto a partir de la unidad que nos constituye.
Lo mismo que se afirma de las identidades nacionales lo podemos afirmar por cualquier otra realidad: religiosa, política, partidaria, cultural.

¿Qué es lo esencial que estamos llamados a ver?
¿Dónde radica la unidad y lo Uno?

Radica en el experiencia radical del ser: todo es y todos somos.
Todas las diferencias y distinciones surgen como expresión del Ser. Es el Ser – lo podemos llamar Dios, Vida, Conciencia – que toma formas distintas.
Ser nos define, desde siempre y para siempre: lo demás pasará. Es el “Yo Soy” del maestro Jesús (Jn 8, 58).
En términos cristianos San Pablo vio y vio bien:  “Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 28).

Si logramos ver que solo esta experiencia del Ser define nuestra auténtica identidad podremos empezar a construir la manifestación armónica de las distinciones.
Entonces, solo entonces, las distinciones y las diferencias aparecerán en toda su belleza e importancia. Las veremos por lo que son: expresión original y maravillosa del Amor Uno.
Las que equivocadamente definimos como “identidades” (nación, religión, género, cultura…) en realidad son identidades derivadas y secundarias: expresiones pasajeras y parciales de la única, real y común identidad.
Única, real y común identidad que podemos llamar (el lenguaje siempre queda sumamente corto) de distintas maneras según las culturas y las épocas: Dios, Vida, Amor, Conciencia, Espíritu, Nada, Vacío, Plenitud…
A mi me fascina usar el termino Vida: somos Vida expresándose por un momento en una forma particular (nuestra identidad derivada y secundaria).

Todavía cuesta mucho, muchísimo esta visión. Por eso los intentos de unidad son frágiles y fracasan.
Por eso hay que darse tiempo y dar tiempo para aprender a ver. Apurar visiones es contraproducente.
En positivo hay que decir que sin duda en nuestro mundo son siempre más las personas y los grupos que se están abriendo a lo esencial del ver.
En distintos campos surge imparable la visión: ciencia, espiritualidad, ecología, arte. Cuesta más en la política y lo económico que más fuertemente atrapan a nuestro ego por su relación con el poder.

En nuestras manos está la posibilidad de poner las herramientas para el aprendizaje: silencio, humildad, apertura, dialogo.
No hay recetas mágicas. Hay caminos a recorrer con paciencia y perseverancia. Aprendiendo el arte de ver y disfrutando de la gratuidad de ser.



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