domingo, 6 de agosto de 2017

Mateo 17, 1-9




La liturgia de hoy nos regala un texto fascinante y rico en símbolos: la transfiguración de Jesús.
Mateo construye hábilmente el relato haciendo referencia al capitulo 24 del libro del Éxodo donde se narra la teofanía del Sinaí. Los paralelos son evidentes: Mateo quiere mostrarnos que Jesús es el nuevo Moisés.
Los símbolos y las metáforas del relato son muchas y hablan por sí solas: la luz, el blanco, la voz de cielo, las carpas, la presencia de los profetas y los íntimos de Jesús.

A partir de todo esto y yendo más allá, ¿qué nos quiere decir y comunicar el relato de la transfiguración?
La palabra misma – transfiguración – resuena en el corazón humano sugiriendo hermosas realidades y valores: la transparencia, la coherencia, la belleza, la paz, la luminosidad.

¿Por qué Jesús es una persona transfigurada?
En otras palabras: ¿por qué Jesús era transparente, coherente, bello, pacifico y luminoso?
La respuesta es tan sencilla como revolucionaria. Tan simple como profunda.
Jesús era plenamente humano. Como sintetizó maravillosamente Leonardo Boff: “Tan humano, solo Dios”. Traduciendo: solo un Dios podría ser tan plenamente y bellamente humano.
Estamos en el centro y la clave del cambio de paradigma que se está dando en la conciencia humana y que los cristianos tenemos concentrado en el Misterio de la Encarnación: Jesucristo es plenamente y totalmente humano y divino.

El paso decisivo que nos exige este cambio de paradigma es comprender que la realidad entera, el Universo entero, es también así. La realidad – como siempre la iglesia supo y la Escritura anuncia – es cristiforme. Dios creó en Cristo, con Cristo, por Cristo nos dice la Palabra en varios lugares.
Todo tiene forma de Cristo. Es decir: todo es divino-humano.
No hay separación entre humanidad y divinidad. Lo que Jesús es y descubrió en su vida, todos lo somos y todo lo es.
Esto parece – y es – tan increíble y maravilloso que nos cuesta creerlo y aceptarlo. Por eso en la vida de la iglesia y de los cristianos entró el virus de la separación y hemos aislado al Maestro de Nazaret en un nicho inalcanzable. A partir de ahí entró también la creencia en una divinidad separada. Nos percibimos separados de Dios, entre nosotros, con la creación. La realidad es que no hay separación y – dicho al pasar –, la física cuántica confirma admirablemente todo eso: solo hay luz (el símbolo central de la transfiguración… ¿será casualidad?), solo energía, solo vacío. Luz, energía y vacío que se condensan y toman formas: todo lo que vemos y experimentamos.

Todo esto ¿qué significa para nuestro diario vivir?
En palabras de Willigis Jäger: “No es nuestra vida la que vivimos, es la vida de Dios”.
Es lo que todos los místicos de todas las tradiciones espirituales vivieron y anunciaron. Los cristianos hemos perdido el camino místico y nos hemos enfrascado en el callejón sin salida del rito y la moral. Es hora de volver a Casa. Volviendo a Casa recuperaremos también un rito y una moral humanizantes.
La transfiguración – y Jesús transfigurado – sugieren entonces que el camino para encontrarse con Dios y transparentarlo es el camino de nuestra plena humanización.
Podríamos resumirlo con otra frase: “Cuanto más humanos, más divinos”.
Viviendo nuestra humanidad y desarrollando las potencialidades y dones de cada uno descubriremos ahí mismo el rostro resplandeciente de lo divino.

Y parte esencial de nuestra humanidad es lo que llamamos “trascendencia”: no somos los dueños del Ser, somos sus guardianes.
Guardianes del ser”: hermosa expresión que el filósofo alemán Martin Heidegger reservaba a filósofos y poetas, pero que podemos aplicar a cada persona en sincera búsqueda de su verdadera identidad.

La trascendencia indica que hay siempre algo más, que somos siempre algo más. Que somos, justamente, un don. El ser nos es regalado.
Vivir a pleno nuestra humanidad es también – y sobretodo – descubrir eso: el don del ser. Don del ser: siempre nuevo, siempre más de lo que suponemos o imaginamos.
Descubierto el don será más espontanea y liberadora la vivencia de los valores que nos hacen plenamente humanos: solidaridad, justicia, fraternidad, compasión, amor.

En etapas y momentos de la vida tendremos que empezar a buscar el “don del ser” a partir del esfuerzo por vivir estos mismos valores humanos.
Pero una vez descubierto la vida se trasformará en una fiesta y una danza. La danza del Ser que baila en nosotros.







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